Inicio » Aspectos generales » 2. Historia del desarrollo de los conocimientos en Alergología. Alérgicos ilustres

2. Historia del desarrollo de los conocimientos en Alergología. Alérgicos ilustres

Dr. Roberto Pelta Fernández

Médico especialista en Alergología. Servicio de Alergia del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, Madrid. Historiador de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica

¿Es la alergia una enfermedad moderna?

Son muchos los pacientes que acuden al alergólogo con la idea de que los procesos alérgicos eran desconocidos en el pasado, considerándolos propios de sociedades industrializadas, y favorecidos en gran parte, con independencia de la predisposición hereditaria, por factores ambientales como la polución atmosférica y los cambios del estilo de vida. Aunque no les falta razón, haremos a continuación un sucinto viaje a través de los siglos para mostrar que los médicos de épocas pasadas también los conocieron.

¿Cuándo y por qué se acuñó el término alergia?

Los médicos griegos ya intuyeron la existencia de un modo especial de respuesta en el organismo de las personas alérgicas, pues idearon el término idiosincrasia, que deriva de idios (propio), sun (son) y krasis (temperamento), para referirse al propio comportamiento en virtud del cual se distingue uno de los demás. Pero el creador del vocablo alergia fue el médico austriaco Clemens Peter Freiherr von Pirquet von Cesenatico. Nacido en 1874, estudió Medicina en la Universidad de Viena y se hizo pediatra. Su interés por la infancia le llevó a fundar en la propiedad familiar que poseía la primera factoría que producía leche pasteurizada con un adecuado control de calidad para su consumo por niños. En 1906, al introducir el concepto de alergia, justificaba su aportación con estas palabras: «Necesitamos un nuevo término más general para describir el cambio experimentado por un organismo tras su contacto con un veneno orgánico, bien sea vivo o inanimado. Para expresar este concepto general de un cambio en el modo de reaccionar, yo sugiero el término alergia. En griego allos significa ‘otro’, y ergon ‘una desviación del estado original’». La muerte de Von Pirquet y su esposa es un enigma: el 28 de febrero de 1929 fueron hallados sin vida, tras ingerir cianuro. El médico se había casado en 1904 con una mujer de Hannover, con la que pronto surgieron tensiones conyugales tras ser sometida a una intervención quirúrgica ginecológica que impidió al matrimonio tener descendencia. La esposa del célebre médico desarrolló una vejez prematura, con una notoria obesidad, pues pasaba la mayor parte del tiempo en la cama. De carácter histérico, iba a precisar en el futuro el ingreso en un sanatorio privado cerca de Viena, para tratar su adicción a los somníferos. Pero tan solo cuatro años antes de que Von Pirquet expusiera sus teorías, había surgido un hallazgo también decisivo en la historia de la Alergología, como ahora veremos.

¿Cuándo y por qué se acuñó el término anafilaxia?

Existe un tipo de reacción alérgica grave que puede poner en peligro la vida y que generalmente ocurre en personas predispuestas por la administración de un medicamento, la ingestión de un alimento o la picadura de una abeja o de una avispa. Consiste en la aparición de ronchas en la piel, hinchazón de ésta o de la glotis (que es el espacio situado entre las cuerdas vocales, y causaría asfixia), asma, vómitos, diarrea, e incluso sensación de mareo por descenso de la tensión arterial (choque anafiláctico). Fue el catedrático francés de la Universidad de La Sorbona, Charles Robert Richet (1850-1935) —que además de por la medicina se interesó por la historia, la literatura, la sociología, la parapsicología y la psicología—, el que acuñó en 1902 el término anafilaxia para referirse a ese modo de reaccionar por parte de algunos individuos, expresando que «muchos venenos poseen la notable propiedad de aumentar en lugar de disminuir la sensibilidad del organismo frente a su acción». En el verano de 1901, Richet y el zoólogo Paul Jules Portier (1866-1962) fueron invitados a un crucero por el Mediterráneo por el príncipe Alberto I de Mónaco (1848-1922), cuyo interés por la oceanografía le llevó a promover viajes a bordo del yate Princesse Alice II, dotado de laboratorios para investigaciones marinas. El aristócrata era propietario del Casino de Montecarlo, pero como sentía aversión por los juegos de azar nunca lo frecuentó y prohibió la entrada a sus súbditos; sin embargo, las enormes ganancias del casino le permitieron emprender fabulosas travesías marinas. Como había visto dificultados sus baños por las dolorosas picaduras de las medusas, encargó a Portier y Richet que investigasen el asunto. Ambos comprobaron mediante la experimentación que un extracto acuoso preparado con filamentos de esos animales era muy tóxico para los patos y los conejos, pero precisaban ampliar sus experimentos. En efecto, las medusas se valen de un veneno que secretan sus tentáculos para lograr paralizar a sus presas, antes de ingerirlas. De regreso a París a los científicos no les fue posible obtener el tipo de medusa que habita en el Mediterráneo para seguir investigando, pero se valieron de un organismo similar, la actinia o anémona de mar, cuyos tentáculos también albergan veneno. El objetivo era obtener un suero protector para los bañistas que fuesen picados por aquellos animales marinos, contrarrestando así los efectos nocivos del veneno. Constataron que la muerte de los perros que habían utilizado no ocurría hasta pasadosalgunos días tras la inyección de la ponzoña; y además, los que no habían recibido una dosis letal sobrevivían, aunque a partir de entonces eran muy sensibles a pequeñas dosis del veneno y fallecían en minutos. Al recibir Charles Richet en 1913 el Premio Nobel de Medicina, éstas fueron sus palabras durante la entrega del galardón: «El descubrimiento de la anafilaxia no es de ninguna manera el resultado de una profunda reflexión sino de una simple observación, casi accidental, por lo tanto no tengo otro mérito que el de no haber rehusado ver los hechos que se mostraban ante mí, completamente evidentes». Aunque Richet obtuvo en solitario el Nobel, y no Portier, no surgió entre ambos envidia o resentimiento alguno.

2_foto1.tif

Charles Richet obtuvo el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de la anafilaxia. (Créditos, F. 6)

¿Cuándo y por qué se acuñó el término atopia?

En 1923 fue el médico neoyorquino Arthur Fernández Coca (1875-1959) quien, asesorado por un profesor de griego, acuñó el término atopia (atopos significa ‘inhabitual’ o ‘raro’), para referirse a los padecimientos de algunos sujetos que sufrían rinitis, asma o urticaria y en los que existía un condicionante hereditario. Aún se sigue empleando la denominación de dermatitis atópica para referirse a un tipo de eccema que aparece en la piel de ciertos individuos que, en su mayoría, muestran una especial propensión a padecer procesos alérgicos como la rinitis o el asma. Pero no fue posible conocer el mecanismo íntimo de las reacciones alérgicas hasta que se descubrió una proteína llamada IgE, que suele ser la causa de la mayoría de ellas. Fue en 1967, gracias a dos grupos de investigadores que trabajaban por separado, uno en Baltimore (el matrimonio nipón Ishizaka) y otro integrado por tres científicos suecos de la Universidad de Uppsala (los doctores Wide, Bennich y Johansson).

¿Cuáles fueron a lo largo de la historia las primeras evidencias de que algunas personas sensibles padecían rinitis alérgica en primavera?

El médico árabe de origen persa Rhazes (865-932), que ejerció en el primer cuarto del siglo x y está considerado como el más eminente galeno musulmán medieval —destacó también como filósofo, cantante y por su dominio de la cítara—, tituló una de sus publicaciones Una disertación sobre la causa de la coriza que ocurre en la primavera, cuando las rosas liberan su perfume. Es probablemente la primera descripción en la historia de la Medicina de la rinitis alérgica estacional por sensibilización al polen, ya que el olor de un perfume puede causar irritación en las fosas nasales pero no otros síntomas típicos de la exposición a ese elemento vegetal, que sirve para que determinadas plantas se reproduzcan, como sucede con el picor de los ojos y de la nariz. Según el Diccionario de la Real Academia Española, coriza es sinónimo de romadizo, que a su vez significa ‘inflamación de la mucosa que tapiza las fosas nasales, causando el catarro’, es decir, el «flujo o destilación procedente de las membranas mucosas». Para los antiguos médicos griegos, el vocablo katarrhein era sinónimo de correr a través de; kata significa en griego ‘para abajo’ y por rheo se entiende el hecho de fluir.

Otro célebre filósofo y médico árabe, Avicena (980-1037), logró producir un líquido que llamó agua de rosas y que adquirió pronto gran fama; se dice que cuando el sultán Saladino entró en Jerusalén el año 1187 lavó con él la totalidad de la Mezquita de Omar. Tras las Cruzadas se puso de moda el uso de perfumes, pues los caballeros que participaron en ellas se los traían de Oriente a sus damas. Más adelante, en 1556, el médico luso João Rodrigues (1511-1568), conocido como Amato Lusitano, atribuyó la presencia de estornudos en algunos individuos al perfume que emanaba de las rosas. Asimismo, fue en 1565 cuando el cirujano y anatomista italiano de origen francés Leonardo Botallus (1519-1587) afirmó que conocía el caso de un paciente que al oler las rosas sentía dolor de cabeza y estornudos, por lo que designó la afección como fiebre de la rosa. Experiencias similares fueron recopiladas por otros autores, y en 1673 el médico suizo Johann Nikolaus Binninger (1628-1692) exponía el caso de la esposa de un eminente personaje que padecía catarros solo en la época en que florecían las rosas. Hoy sabemos que las rosas, al igual que los claveles y otro tipo de plantas ornamentales, se valen de insectos como las abejas para llevar a cabo su polinización (que se llama entomófila), mientras que son las especies vegetales que se valen del aire para la dispersión de su polen (anemófilas) las verdaderas causantes de la alergia primaveral. De ahí la gran intuición de un médico suizo natural de Ginebra, el doctor Jean Jacob Constant de Rebecque (1645-1732), alérgico al polen desde su adolescencia, que afirmaba en 1691: «Creo más bien que las rosas emiten algo que irrita mi nariz sensible y, como por la acción incesante pero no advertida de aguijones, provoca una secreción del color del agua». Dos años más tarde, Herlinus hablaba de un cardenal romano tan sensible al olor de las rosas que mantenía cerradas a cal y canto las puertas de su palacio.

¿Quién acuñó el término fiebre del heno para denominar la alergia al polen?

En 1819 John Bostock (1773-1846), médico homeópata y catedrático de las Universidades de Liverpool y Londres, comunicó a otros colegas las manifestaciones alérgicas que él padecía desde su infancia en una reunión de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Londres, en los términos que abreviadamente exponemos: «Los siguientes síntomas aparecen cada año a mediados de junio, con un mayor o menor grado de violencia. Se nota una sensación de calor y plenitud en los ojos, primero a lo largo de los bordes de los párpados, y especialmente en los ángulos internos, pero después de algún tiempo compromete a todo el globo ocular. Al comienzo la apariencia externa del ojo se ve poco afectada, salvo por la existencia de ligero enrojecimiento y lagrimeo. Este estado se incrementa gradualmente, hasta que la sensación se transforma en un picor y escozor más agudos, mostrándose aquéllos muy inflamados y descargando un fluido mucoso copioso y espeso. Esta afección ocular tiene sus paroxismos, que se suceden a intervalos irregulares, desde la segunda semana de junio hasta mediados de julio. Después de que los síntomas oculares se han ido aminorando, aparece una sensación general de plenitud en la cara y particularmente sobre la frente; dichas manifestaciones se siguen de una irritación de la nariz, produciendo estornudos, que ocurren en forma de salvas de una extrema violencia, sucediéndose con intervalos inciertos. A los estornudos se suma una sensación de opresión torácica y dificultad para respirar. Surge una necesidad de buscar aire en la habitación para poder respirar mejor, volviéndose la voz ronca y existiendo una incapacidad para hablar de forma prolongada sin tener que pararse…». Además, en 1828, Bostock publicó un trabajo con observaciones de 18 casos similares al suyo, empleando por vez primera el término fiebre del heno, pero rechazando su idea inicial de que hubiera relación con el heno o pasto seco, por considerarla errónea. Actualmente sabemos que la causa de la rinoconjuntivitis alérgica primaveral es el polen, y que tal afección no causa fiebre, pero dicho término ha hecho fortuna y sigue usándose por algunos médicos y pacientes. A partir de las observaciones de Bostock surgió el interés de otros galenos por el estudio de la enfermedad, que a diferencia de lo que sucedía en su época, donde era una rareza, alcanza hoy una frecuencia notable.

¿Quién descubrió las pruebas cutáneas y efectuó investigaciones pioneras sobre la causa de la alergia al polen?

El doctor Charles Harrison Blackley, nacido en 1820, practicó la homeopatía en Manchester, tras ser tratado de su alergia al polen por un practicante de dicha terapia, que le inculcó el interés por ella. La homeopatía tiene su origen en las investigaciones del galeno alemán Samuel Hahnemann (1755-1843), y se basa en curar con dosis infinitesimales de medicamentos; pero al tratarse de algo innovador era rechazado por la mayoría de los médicos, como ha venido sucediendo hasta la actualidad. Al mostrarse Blackley preocupado por su reputación y temiendo que algunos de sus contemporáneos le considerasen un charlatán, fue a la Universidad de Bruselas para completar su formación. Un día de 1873, uno de sus hijos colocó en una habitación de la casa un florero con un ramo de grama; y al añadirle Blackley un poco de agua advirtió que se desprendían pequeñas cantidades de polen cerca de su cara, y que comenzaba de inmediato a parpadear y estornudar, reproduciéndose así los síntomas de su proceso alérgico. Entonces decidió experimentar y tras arañarse la piel la frotó con una gramínea humedecida, observando que aparecía un enrojecimiento y se formaba una pequeña elevación o habón. Había descubierto las pruebas cutáneas, tan valiosas para el diagnóstico en Alergología, que siguen usándose, con modificaciones, actualmente. Además construyó un dispositivo con un mecanismo de relojería, que le permitía exponer unas superficies adherentes durante un tiempo dado en la atmósfera. Era el primer colector de pólenes de la historia, consistente en un barrilete a modo de cometa, al que incorporó en su zona central un portaobjetos untado con vaselina; logró elevar su ingenio en el aire a más de 500 m de altura y cada 24 horas desmontaba el portaobjetos y lo observaba al microscopio, para identificar y contar los pólenes. Se apercibió así de la influencia del viento, el calor y la humedad sobre la distribución de aquéllos. Comprobó que en Manchester, en los meses dejunio y julio, la época en que él y sus pacientes presentaban síntomas, se daban altas concentraciones atmosféricas de pólenes de gramíneas, y obtuvo mayores recuentos en jornadas en las que lucía el sol y además había viento. También logró protegerse de los efectos nocivos del polen con ayuda de un filtro de aire fabricado con capas de muselina, y empleando unas almohadillas nasales, a modo de calzas, cuyas suelas estaban elaboradas con gasa.

¿Cómo se descubrió que el asma podía tener un origen alérgico?

Una de las descripciones más antiguas del asma bronquial, afección caracterizada por dificultad respiratoria y silbidos por el estrechamiento de los bronquios, se la debemos al médico romano Areteo de Capadocia, cuya vida se cree que transcurrió entre el último cuarto del siglo i d. C. y la primera mitad del ii. Afirmaba a este respecto: «Si corriendo, al hacer gimnasia o cualquier otro trabajo, la respiración se vuelve dificultosa, a eso se le llama asma». Gerolamo Cardano fue un matemático, médico y filósofo italiano, nacido en 1501 en Pavía, y que falleció en Roma el año 1576. Este curioso personaje ya intuyó que el asma podría tener un origen alérgico cuando, en 1552, John Hamilton, arzobispo escocés de St. Andrews (Edimburgo), le hizo llamar pues creía haber contraído tuberculosis pulmonar. El paciente experimentó un notable alivio al seguir las recomendaciones del galeno y retirar de su lecho el colchón y la almohada de plumas, que sustituyó por otros de seda tejida.

Johann Baptista van Helmont (1577-1644), médico y químico de origen belga, describió un tipo de respiración dificultosa que le asaltaba con frecuencia, desencadenándose los accesos tras la exposición al polvo doméstico. Además pudo constatar la influencia del clima sobre su enfermedad, ya que presentaba episodios de asma en Bruselas, mientras que por el contrario permanecía asintomático cuando residía en Oxford.

2_foto2.tif

Areteo de Capadocia (siglos i-ii d. C.) describió el asma de esfuerzo. Mosaico del Palacio Imperial de Constantinopla. (Créditos, F. 7)

El médico inglés Henry Hyde Salter (1823-1871), que padeció asma desde su infancia y publicó en 1860 un tratado muy completo titulado On Asthma, its Pathology and Treatment, apuntaba la posibilidad de que algunos alimentos pudieran ser la causa de los ataques en individuos susceptibles, y se refirió a otros factores exógenos como las plumas de las aves, refiriendo la aparición en su propia piel de una reacción urticarial tras la fricción con el pelo de gato, si el animal le producía algún rasguño. Recomendaba para su tratamiento diversos fármacos, café bien cargado y el humo que se desprendía al quemar estramonio, ingrediente de los llamados cigarrillos antiasmáticos. El francés Armand Trousseau (1801-1867), profesor de la Facultad de Medicina de París y que padecía asma en presencia de algunas flores como las violetas, también recomendaba dichos cigarrillos.

¿También existió en el pasado la alergia a los alimentos?

Aunque actualmente es cada vez mayor el número de personas afectadas por este problema de salud, estas alergias han acompañado al hombre desde épocas remotas. El médico y naturalista griego del siglo i d. C., Pedáneo Dioscórides, y el escritor latino Cayo Plinio Segundo el Viejo (23-79 d. C.) describieron la acción dañina de los plátanos para la salud de algunas personas, atribuyéndola erróneamente a los pelos que crecen en sus hojas. También Hipócrates se refiere así al queso: «Algunos lo pueden comer a la saciedad sin que les ocasione ningún mal, pero otros no lo soportan bien».

Tito Caro Lucrecio, poeta latino (siglo i a. C.), en su poema De Rerum Natura (De la naturaleza de las cosas), dado a conocer después de su muerte por su amigo Cicerón, escribió: «Lo que es alimento para algunos, puede ser para otros un veneno violento». En 1480, antes de que tuviera lugar la coronación del rey Ricardo II de Inglaterra, los lores desearon agradar al monarca sirviéndole una abundante taza de fresas, que comió en su presencia. Horas más tarde convocó al Consejo de Estado, se abrió la camisa y mostró el tórax, que estaba cubierto de zonas enrojecidas y prominentes, que le causaban una gran desazón. Trató de hacer ver a los allí presentes que se trataba de un intento de envenenamiento por parte de uno de sus colaboradores más allegados, el cual fue condenado a muerte.

En 1689 un médico de Kiel, Johann Christian Bautzmann, describió que: «muchos comen con avidez marisco sin sufrir daño alguno. He visto, sin embargo, algunas mujeres, muchachas jóvenes y niños, los cuales, cada vez que comen marisco, se sienten mal; experimentan dolores en el corazón; su sudor es frío; tienen tendencia a desmayarse y se quejan de hinchazón en el vientre, la cara y las extremidades, lo que hace temer por su vida». A su vez, Conrad Heinrich Fuchs (1803-1855), en 1841, llamó la atención sobre el papel que ciertos alimentos podían desempeñar en el desencadenamiento de la erupción de ronchas en la piel, expresándose así: «Hay, empero, individuos que presentan esta forma de urticaria cuando comen ciertos manjares, como fresas, frambuesas, miel, almendras dulces, totalmente inocuos para la otra gente…».

¿Desde cuándo se conoce la urticaria?

El picor o prurito es el síntoma capital de afecciones alérgicas de la piel como el eccema o la urticaria. Esta última consiste en la erupción de lesiones sobreelevadas y enrojecidas de contornos geográficos, denominadas ronchas o habones. Ya Hipócrates de Cos, padre de la medicina, que vivió durante los años 460-377 a. C., describió lesiones urticantes que sobresalían en la piel y que estaban producidas por ortigas y mosquitos, a las que llamó cnidosis, utilizando la raíz griega cnido que se refería a las ortigas (Urtica urens L.). Con posterioridad, el erudito romano de la primera mitad del siglo i d. C. Aulus Cornelius Celsus (53 a. C.-7 d. C.), que probablemente no era médico, compendió los conocimientos de su época en una magna obra que tituló Artes o Celesti, abarcando todas las ramas del saber. Este rico patricio contemporáneo del emperador Tiberio, comparó una erupción cutánea que cursaba con picor y sensación de ardor con lesiones originadas tras el contacto accidental de la piel con ortigas. Estas plantas, cuyas hojas están recubiertas de pelos, son capaces de generar la aparición de ronchas al contacto con la piel, idénticas a las de los sujetos con urticaria.

En numerosas ocasiones en la historia de la medicina ha sucedido que los conocimientos sobre una determinada enfermedad han progresado gracias al interés de médicos que la han padecido. Es lo que sucedió, en el caso de la urticaria, con el inglés Thomas Masterman Winterbottom (1766-1859), que desarrollaba ronchas e hinchazón en su piel al comer almendras dulces; notificó dicha eventualidad por escrito a su amigo el doctor Robert Willan (1757-1812), que trabajaba en el dispensario público de un barrio londinense atendiendo a enfermos de baja extracción social. Willan se interesó mucho por el mal que afligía a su colega y por otras afecciones cutáneas. Lamentablemente no logró culminar su ingente labor, pues la muerte le sobrevino de forma inesperada cuando contaba 55 años de edad. Sin embargo, fue Thomas Bateman, uno de sus discípulos, quien se encargó de dar a conocer la obra del maestro en el libro Sinopsis práctica de las enfermedades cutáneas, publicado en 1813, describiendo los diferentes procesos patológicos de la piel, entre ellos varios casos de urticaria y edema angioneurótico (un tipo de hinchazón cutánea que hoy día se conoce como angioedema).

¿Cómo se descubrieron los antihistamínicos?

Sir Henry Hallett Dale (1875-1968), un farmacólogo inglés interesado en investigar sustancias del cornezuelo (un hongo que parasita el centeno), comprobó, en colaboración con sir Patrick Playfair Laidlaw (1881-1940), que uno de los productos hallados era la histamina, responsable de la mayoría de las reacciones alérgicas y del enrojecimiento e hinchazón de la piel, gracias al estudio de sus efectos en animales de experimentación. Corría el año 1910 y habría que esperar hasta 1933 para que el químico hispano-francés Ernest Fourneau (1872-1949), trabajando en el Instituto Pasteur en colaboración con Anne Marie Staub, descubriera la existencia de sustancias capaces de antagonizar los efectos nocivos de la histamina en los tejidos del paciente alérgico: eran los primeros antihistamínicos. En el año 1944, Daniel Bovet (1907-1992) obtuvo el Neoantergan (maleato de pirilamina), que fue el primer antihistamínico empleado en humanos.

En 1947 los doctores Gay y Carliner, del Hospital Johns Hopkins de Baltimore, usaron dimenhidrinato para tratar a una paciente con urticaria. Era otro antihistamínico, que curiosamente alivió a la enferma de los mareos que sufría al viajar en coche o en tranvía. A partir de entonces se sospechó que con independencia de su acción antialérgica, el fármaco también aliviaba el llamado mal de mar. Así, el 26 de noviembre de 1948 se llevó a cabo la denominada operación mareo en el navío General Ballou, un barco que zarpó de Nueva York con rumbo a Bremerhaven, llevando 1.300 soldados a bordo. Se ensayó el dimenhidrinato durante una gran tempestad, demostrándose la eficacia del producto mediante el suministro de cápsulas de placebo a otro grupo de sujetos. A partir de entonces, el compuesto pasó a formar parte de la terapéutica destinada a combatir el mareo y el vértigo.

Es llamativo cómo los viajes han favorecido el avance de la medicina en circunstancias concretas. En 1961, el resfriado de los tripulantes de la nave espacial Apolo VII complicó el vuelo, poniendo en peligro la misión. Por ello se invirtieron grandes esfuerzos en obtener un fármaco eficaz, capaz de aliviar con rapidez los síntomas nasales, descubriéndose el clorhidrato de oximetazolina. Pero anteriormente, en los años treinta, cuando se descubrieron los antihistamínicos, se observó que dichos fármacos eran también eficaces para aliviar los síntomas del catarro.

¿Cómo influyó el padecimiento de afecciones alérgicas en la obra de algunos personajes famosos?

Puesto que las enfermedades alérgicas son frecuentes en la infancia, originando pérdida de calidad de vida en los individuos afectados, es atractivo repasar las biografías de quienes haciendo de la necesidad virtud no sólo lograron convivir con sus dolencias, sino que además descollaron como buenos profesionales e incluso como genios en las más variadas ramas de la cultura. A continuación se ofrece una pequeña galería de personajes alérgicos que ocupan un lugar destacado en la historia, y que se vieron condicionados por las afecciones que padecieron para elaborar su obra, si bien en la mayoría de los casos fueron el detonante para estimular su talento creador.

2_foto3.tif

Marcel Proust (1871-1922), renombrado autor francés de En busca del tiempo perdido, padeció diferentes enfermedades alérgicas, incluida el asma bronquial. (Créditos, F. 8)

Como veremos, muchos de ellos fueron considerados unos verdaderos excéntricos al verse obligados por sus procesos alérgicos a modificar sus hábitos de vida. Es lo que le sucedió al célebre novelista Marcel Proust, que nació en París el 10 de julio de 1871 y sufrió la primera crisis asmática, que fue muy grave, a los 9 años durante un paseo primaveral con su familia por un bosque. A partir de entonces cada año se repitieron en primavera los síntomas nasooculares de su alergia al polen; sin embargo, las crisis asmáticas surgían en cualquier época, y eran cada vez más graves y frecuentes. No pudo asistir a la escuela durante meses, y se veía imposibilitado para gozar de la Naturaleza, que le encantaba. Aunque el padre de Proust, que era un médico eminente, tenía acceso a los mejores especialistas, poco se pudo hacer. Los médicos prescribieron a Marcel en su juventud cigarrillos antiasmáticos y otros remedios de poca eficacia. Más tarde, tras el descubrimiento de la adrenalina, pudo recibir inyecciones de dicho medicamento.

En un momento dado, el escritor abandonó la casa familiar y se trasladó a un apartamento, contratando los servicios de un ama de llaves; rara vez se levantaba de la cama y apenas salía. Además, prohibió cocinar en la vivienda por miedo a que los olores y los vapores pudieran desencadenarle ataques de asma. Puesto que dormía durante el día, para evitar la exposición ambiental al polen, forró las paredes de su habitación con corcho, para así aislarse de los ruidos del vecindario, mientras las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas y nunca se abrían. Es fácil deducir que dicho dormitorio debía de ser un buen albergue para los ácaros que anidan en el polvo doméstico, aunque en esa época se desconocía su existencia. Por ello, Proust seguía desesperado con sus crisis asmáticas; pasó a consumir por prescripción facultativa pequeñas cantidades de morfina y heroína, así como grandes cantidades de cerveza fría. El confinamiento forzoso en su dormitorio hizo que dedicase todas sus energías a escribir de noche. Fruto de su fecunda labor es el célebre conjunto de siete voluminosos volúmenes titulado En busca del tiempo perdido.

El escritor cubano José Lezama Lima nació en 1910 en un campamento militar próximo a La Habana, donde su padre era coronel de Artillería. A los 7 meses tuvo la primera crisis de asma, y las manifestaciones se recrudecieron en años venideros. Al inicio de su obra más conocida, Paradiso, describe de forma autobiográfica sus padecimientos:

La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía de los charcos ahuyentando a los escarabajos.

Como consecuencia de uno de los habituales traslados familiares a Florida, el padre de Lezama Lima contrajo una neumonía y murió con 33 años, cuando nuestro protagonista tenía sólo 9. Hasta ese momento, el escritor había exhibido ante su progenitor un cuerpo «flacucho, con el costillar visible, jadeando cuando la brisa arreciaba, hasta hacerlo temblar con disimulo, pues miraba a su padre con astucia, para fingirle la normalidad de su respiración». Se trasladó entonces la familia a casa de la abuela materna, donde creció el literato rodeado de mujeres y oyendo historias muy diversas, que en el futuro usaría como germen para sus libros. Intentaba aliviar sus continuos ataques de asma con unos polvos franceses «que venían en una caja de madera». Y al estar en reposo para no fatigarse, leía con profusión. Andando el tiempo, su obra alcanzaría el reconocimiento internacional. El día 9 de agosto de 1976 falleció de una insuficiencia cardiorrespiratoria.

El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009) padeció asma desde una edad muy temprana. De formación autodidacta, en 1973 renunció al cargo de director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de Montevideo, y emprendió un largo exilio lastrado por la amenaza de muerte de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en Buenos Aires y la persecución de que fue objeto en Perú, tras la cual buscó asilo en Cuba. A partir de 1985 comenzó a residir la mitad del año en Madrid; y al ser entrevistado, reconocía la necesidad de visitar esta ciudad porque «mi asma así me lo aconseja». Es fácil inferir que la intensa humedad de Montevideo, al favorecer el crecimiento de los ácaros en el polvo doméstico, podría ser uno de los factores causales de su afección respiratoria. En su cuento titulado «El fin de la disnea», alude a su enfermedad:

El médico de familia se obstinó en diagnosticar fenómenos asmatiformes. Fue un largo calvario de médico en médico. Siempre la misma respuesta: «No se preocupe, amigo. Usted no es asmático. Apenas son fenómenos asmatiformes». Hasta que un día llegó a Montevideo un doctor suizo especialista en asma y alergia, que abrió consulta en la calle Canelones. Hablaba tan mal el español que no halló la palabra asmatiforme, y me dijo que, efectivamente, yo padecía asma. Casi lo abrazo. La noticia fue la mejor compensación a los cien pesos que me salió la consulta. Sólo así ingresé en la masonería del fuelle. Los mismos veteranos disneicos que antes me habían mirado con patente menosprecio, se acercaban ahora sonriendo, me abrazaban (discretamente, claro, para no obstruirnos mutuamente los bronquios)…

También hay casos famosos entre los músicos. Antonio Vivaldi, nacido en Venecia el año 1678, sintió desde muy joven la vocación musical. Su padre, Giambattista Vivaldi, fue un famoso violinista que además ejercía como peluquero y fabricante de pelucas. Pero su hijo se ordenó sacerdote, y se le apodó El cura rojo por el color de su cabello. Sin embargo, por la severidad del asma que sufría pronto fue relevado de sus obligaciones eclesiásticas, para ser nombrado profesor de violín en un orfanato para niñas dependiente de la Iglesia. En las cláusulas del contrato que hubo de firmar Vivaldi se especificaba la necesidad de componer dos conciertos mensuales, para poder ser interpretados por una pequeña orquesta que mantenía la institución. De otro modo resulta dudoso que hubiera podido componer 23 conciertos para oboe y otros 39 para fagot, amén de numerosas piezas. Vivaldi viajó mucho por Europa, y probablemente esos desplazamientos le sirvieron como alivio de sus crisis asmáticas, pues es sabido que algunos pacientes con dicho trastorno mejoran al cambiar de aires. Según le confió el músico al aristócrata Bentivoglio:

No he dicho misa por espacio de 25 años y no tengo intención de volver a hacerlo, no por causa de prohibición u orden alguna, sino por mi propia voluntad, a causa de una enfermedad que he sufrido desde mi infancia y que todavía me atormenta. Después de haber sido ordenado sacerdote, dije misa durante casi un año, pero posteriormente decidí no volver a decirla por haber tenido en tres ocasiones que abandonar el altar antes de concluir el sacrificio a causa de mi enfermedad. Por esta razón vivo casi siempre en interiores y nunca salgo si no es en góndola o carruaje, ya que no puedo caminar sin sentir dolor y opresión en el pecho. Ningún caballero me ha invitado a ir a su casa, ni siquiera nuestro príncipe, porque todos conocen mi debilidad. Puedo salir a pasear después de la cena, pero nunca voy a pie. Ésta es la causa de que nunca diga misa…

2_FOTO%204%5b1%5d.%20VIVALDI%2c%20RETRATO%20DE%20%20EPOCA.%20CONSERVATORIO%20ROSSINI.%20BOLONIA.tif

El célebre compositor italiano Antonio Vivaldi (1678-1741) padeció asma toda su vida. (Créditos, F. 9)

Se considera el prototipo del concierto vivaldiano Las cuatro estaciones, que corresponde a «La primavera» (n.º 1 en mi mayor), «El verano» (n.º 2 en sol menor), «El otoño» (n.º 3 en fa mayor) y «El invierno» (n.º 4 en fa menor), respectivamente. Retirado en Viena, ciudad a la que se marchó en 1740 sin que se sepan los motivos, Vivaldi falleció en julio de 1741 tras su internamiento en un hospital público, probablemente a consecuencia de una nueva crisis asmática. En esa misma ciudad vería la luz en 1885 otro célebre músico, también asmático, Alban Berg. La muerte de su padre, cuando contaba 15 años de edad, sumió a la familia en una difícil situación económica y puso en peligro la continuidad de la educación musical del precoz compositor; pero una hermana de su madre se hizo cargo de sus clases de música. Con 19 años, tuvo la suerte de conocer al compositor Arnold Schönberg (1874-1951), que padecía de lo mismo, e influyó notablemente en su trayectoria. En 1911 Alban Berg se casó con la hija de un alto cargo del ejército austriaco y en su compañía efectuó frecuentes desplazamientos a los Alpes, buscando en su clima la mejoría del asma. En una carta que Alban dirigió a su esposa en el transcurso de una visita que en 1909 realizó a su casa familiar de Trahutten, daba noticias detalladas de su estado de salud:

Estaba tan agitado que me quedé despierto hasta las 5 de la madrugada y tuve un ataque muy fuerte de asma… puedes comprender que sea pesimista y aprensivo con respecto a exponerme a ocho semanas de riesgo en el viaje al lago Ossiacher, cuyo clima puede afectar muy negativamente a mi salud. Es jueves por la mañana y de nuevo me resulta muy difícil respirar desde la una y media, y ni toda la morfina del mundo puede conseguir que yo duerma. Cada vez que caigo profundamente dormido, me despierto con un acceso y me olvido de respirar durante tres veces, de modo que casi me ahogo…

Los meses de obligado e intenso entrenamiento en una unidad de infantería, durante la Primera Guerra Mundial, abocan una vez más al compositor a una situación precaria, de la que le libera un reconocimiento médico y el destino a funciones administrativas en el Ministerio de la Guerra. En 1935, el compositor escribe su producción más importante, el Concierto para violín, pero un nuevo problema viene a complicar la delicada situación de nuestro personaje. Lo cuenta él mismo, en una carta dirigida a Schönberg: «… no me encuentro bien… desde hace meses tengo forúnculos, de nuevo ahora, ¡me paso el día en la cama! Todo empezó justo después de terminar el concierto cuando me salió una pequeña herida al picarme un insecto». Dos semanas más tarde la infección de la herida se transformó en una septicemia, para la que fueron inútiles los remedios de entonces. En la Navidad de 1935, Alban Berg fallecía en Viena a los 50 años.

Resumen

  • El vocablo alergia lo acuñó el médico austriaco Clemens Peter Freiherr von Pirquet (1874-1929) en 1906.
  • En 1901, los científicos Charles Robert Richet (1850-1935) y Paul Jules Portier (1866-1962) realizaron un crucero por el Mediterráneo en el buque de investigaciones del Príncipe Alberto I de Mónaco, que les encargó que hallasen un suero protector para picaduras de medusa. Descubrieron una grave reacción alérgica, la anafilaxia, lo que le valió a Richet el Premio Nobel de Medicina en 1913.
  • En 1967 se descubrió una proteína, la IgE, causante de los procesos alérgicos. El hallazgo se debió al matrimonio Ishizaka y a los científicos Wide, Bennich y Johansson de la Universidad de Uppsala.
  • En 1873, el médico inglés Charles Harrison Blackey (1820-1900) descubrió las pruebas cutáneas.
  • Condicionados sobremanera por el asma y la alergia, célebres escritores como Marcel Proust, José Lezama Lima y Mario Benedetti, y afamados músicos como Antonio Vivaldi, Alban Berg y Arnold Schönberg alcanzaron las más altas cimas en su actividad profesional.

Bibliografía

Mario Rojido, G. «Cien años de anafilaxia». Allergol Inmunol Clin 16 (2001): 364-368. También disponible en Internet: http://revista.seaic.es/diciembre2001/364-368.pdf. (Fecha de consulta: 12 de septiembre de 2011.)

Olaguibel Rivera, J. M. «IgE: aproximación histórica». Arch Bronconeumol 42, Supl. 1 (2006): 3-5. También disponible en Internet: http://www.archbronconeumol.org/bronco/ctl_servlet?_f=60&ident=13097250. (Fecha de consulta: 12 de septiembre de 2011.)

Pelta Fernández, R. «La rinitis alérgica a través de la historia». EnJ. M.ª Negro Álvarez. Rinitis alérgica. Mecanismos y tratamiento. 2.ª ed. Barcelona: MRA Ediciones, 2004, 13-24.

—. «La polinosis en la historia». En A. Valero y A. Cadahía. Polinosis II(polen y alergia). Barcelona: MRA Ediciones, 2005, 13-24.

Sánchez de La Vega, W., y E. Sánchez de La Vega. «De la alergia clínica a la alergia molecular. Concisa historia de cien años». Archivos de Alergia e Inmunología Clínica. Vol. 38, 3 (2007): 91-106.

Vaughan, W. T. Una enfermedad singular. La historia de la alergia.Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1942.

Diseño y desarrollo: Eurosíntesis